Historia de Trinidad de Cuba

Los habitantes del territorio antes de la llegada de los conquistadores españoles pertenecían a un grupo de origen arauco asentado en el cacicazgo de Guamuhaya, los cuales practicaban la recolección, la caza, la pesca, así como una agricultura y una cerámica muy rudimentarias, empleando artefactos líticos y de concha, fundamentalmente como adornos.

Según datos históricos de los archivos de la corona el viernes 23 de diciembre de 1513 arribó Diego Velázquez de Cuéllar a la ría del Guaurabo en camino hacia Jagua en donde estaba previsto fundar la villa de La Trinidad, tercera fundación cubana.

Por insistencia del cacique del pueblo llamado Manzanilla, ubicado en donde existe Trinidad actualmente, Velázquez cambió de planes y se quedó en Manzanilla en donde oyó la misa de Navidad el 25 de diciembre, bajo un jigüe que estaba al centro del batey de Manzanilla, oficiada dicha misa por Fray Juan de Tesín, franciscano que venía como capellán de la expedición.

Pasado el fin de año, Velázquez se trasladó a Jagua, se asentó en un cayo de la bahía al que llamó Sanlúcar y mandó reconocer los alrededores para escoger el sitio de la fundación de La Trinidad, que al fin fundó en las márgenes del río Arimao, al que encontraron muy bueno para hacer dicha fundación.

Velázquez en carta escrita a la corona el 1ro de abril de 1514 no da información de qué día fue la fundación de La Trinidad por que se presume que fue durante la primera quincena del mes de enero, por el propio Velázquez sabemos que el 10 de febrero ya estaba fundada la tercera villa.

Muy pronto se agotaron los yacimientos de oro que habían estimulado el asentamiento de los conquistadores españoles en el territorio comienza un largo proceso de despoblamiento a lo largo del siglo XVI. En 1534 sólo quedaban unas 6 familias españolas y diez años más tarde la ciudad se consideraba despoblada de colonizadores. Paralelamente se produce una asimilación de la cultura de los conquistadores por parte de la población aborigen, lo cual unido a la entrada de los primeros negros esclavos, conformaron el caldo de cultivo en el cual se gestó la heterogénea composición étnica que aún caracteriza la población trinitaria.

En el último cuarto del siglo XVI la villa volvió a poblarse paulatinamente por los españoles, que asumen ya de manera definitiva el control de las propiedades y del gobierno. El férreo monopolio económico impuesto por la metrópoli española a sus colonias y las frecuentes guerras con otros países europeos por el control del Nuevo Mundo, determinaron en gran medida que el comercio de rescate o contrabando, la práctica del corso, la preparación militar y el enfrentamiento contra los ataques de corsarios y piratas, se convirtieran en los signos distintivos de la vida en la que ya, a partir de 1585, comienza a ser denominada en los documentos públicos como Ciudad de Trinidad.

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII las actividades relacionadas con el comercio ilícito y el corso, a la par que contribuyeron al florecimiento de la ciudad, provocaron en determinadas etapas fricciones y desavenencias con el gobierno de la Isla, las cuales llegaron en ocasiones hasta el desacato y el enfrentamiento directo a la autoridad de los Gobernadores Generales. A mediados del siglo XVIII la ciudad de Trinidad ha alcanzado determinado auge que la distingue del resto de las ciudades del centro y sur de Cuba. El incremento sostenido del comercio con América y las islas del Caribe, la entrada masiva de esclavos, las favorables condiciones físico geográficas, la existencia de abundantes bosques que proporcionaban la energía necesaria para desarrollar la rentable producción azucarera que se desarrolla bajo los efectos de una agricultura de plantación y de la naciente revolución industrial y otros factores, influyeron para que a finales de este siglo comience en Trinidad un acelerado crecimiento económico y un desarrollo social sin precedentes, hasta convertirla en la tercera ciudad más importante de Cuba, se produce entonces en el territorio un acelerado proceso de concentración de los capitales y se adoptan medidas en todos los órdenes encaminadas a desarrollar la floreciente industria de la caña de azúcar: varias docenas de ingenios diseminados por los cercanos Valles, en los cuales trabajaban inhumanamente miles de esclavos (mano de obra principal para el desarrollo de la ciudad). A partir del inicio del siglo XIX las favorables condiciones económicas atraen a emigrantes de varias partes del mundo. La ciudad crece rápidamente, tanto demográfica como constructivamente. Se diseminan ideas que contribuyen al desarrollo del pensamiento político. Hasta Trinidad llegan las ideas de la Revolución Francesa y de las gestas independentistas de la América española encabezadas por el Libertador Simón Bolívar.”En el seno de esa sociedad selecta trinitaria nació, larvada pero fuerte, la idea de la libertad de Cuba en 1819 con el inolvidable y gigantesco patriota don José Aniceto Iznaga, idea que debió de prender tan hondo en ciertos círculos de nuestra sociedad que llevó hasta el atrevimiento inaudito de colocar, a principios de 1822, en las paredes exteriores del mercado, es decir, en el lugar más concurrido de la ciudad, aquel famoso pasquín, escrito con fingida letra y ortografía por mano segura y experta, que decía: “Biba la Independencia por la razón o la fuerza. Señor Ayuntamiento de Trinidad” “yndependencia o muerte”.“Aquella llama de amor patriótico que devoró el alma generosa de José Aniceto Iznaga; que contagió a sus hermanos Abad y José Antonio, llevándolos al extranjero donde murieron, cundió como reguero de luz por nuestra sociedad más selecta y estalló más tarde en los bravos pechos del Dr. Hernández Cano, Cadalso, O’Bourke, Hernández Echerri, José Sánchez Iznaga, Armenteros, Arcís …” Historia de Trinidad 1945 por Francisco Marin Villafuerte.
En el censo de 1827 se empadronan en Trinidad, sólo en el área urbana, 12 543 habitantes. Comienzan a erigirse los grandes palacetes, las plazuelas, los parques y las calles de piedra que dotan a la ciudad de una peculiar configuración. Los potentados trinitarios también erigen en el Valle amplias casonas de recreo, no menos opulentas que sus residencias de la ciudad (el Palacio de Borrell, el Palacio de Iznaga, el Palacio de Don Justo Cantero, el Palacio del Conde de Brunet y el Palacio de Bécquer). Se estimula entre los patricios el culto a la suntuosidad y se propicia el desarrollo de la cultura y las artes. Importantes personalidades visitan la ciudad durante la primera mitad del siglo XIX, y en la misma se asientan además, representaciones consulares de varios países.

Pero este esplendor estaba llamado naturalmente a no perdurar, pues se basaba en dos frágiles soportes: el sistema de producción esclavista por una parte, que además de constituir un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas del naciente capitalismo, acentuaba el temor de los ricos hacendados a perder todas sus propiedades producto de una sublevación general de la cual existían sobrados precedentes, y por otra parte, la sobreexplotación de los suelos y de los recursos energéticos comenzaron a incidir pronto en los bajos rendimientos agrícolas e industriales, en momentos en que otras producciones azucareras de Europa comienzan a ocupar el espacio tradicional del azúcar cubano. Se inicia así, a partir de la cuarta década del siglo XIX la decadencia de la hasta entonces floreciente ciudad, que no puede ser evitada ni aún con el proceso de modernización que algunos potentados pretenden introducir en sus ingenios. Los grandes propietarios comienzan a trasladar sus capitales hacia otras regiones más florecientes y de mayores perspectivas como Cienfuegos, Sancti Spíritus y Puerto Príncipe. Por último, el decrecimiento de los precios del azúcar en el mercado mundial en medio de un proceso inversionista que pretende evitar lo inevitable, constituye el golpe final que abre las puertas a la crisis económica en el territorio. La ciudad se encierra entonces en sí misma y pierde los privilegios que había ostentado. A mediados del siglo XIX la Comandancia General del Departamento es trasladada a Puerto Príncipe. Tal es el aislamiento en que queda la ciudad que Tacón condena a José Antonio Saco al destierro en Trinidad.

Algunos potentados azucareros consideran que la salida para recuperarse del golpe sufrido es anexarse a los estados esclavistas del sur de los Estados Unidos. Bajo esa óptica se produce el alzamiento de Isidoro Armenteros en 1851, que es rápidamente abortado por las autoridades españolas. La guerra de independencia iniciada por Céspedes el 10 de octubre de 1868 no tuvo eco en Trinidad, territorio fuertemente dominado por los españoles, sino hasta seis meses más tarde cuando Juan Bautista Spotorno encabeza los levantamientos armados del 6 de abril de 1869.

Las acciones independentistas durante esta primera etapa de la lucha se limitaron a la destrucción de cafetales y plantaciones. La ciudad, fuertemente custodiada, no pudo ser tomada por las fuerzas insurrectas, y en 1871 el territorio estaba prácticamente fuera de beligerancia. Después del vergonzoso Pacto del Zanjón que dio un duro golpe a los propósitos independentistas, durante la Tregua Fecunda que precedió a la contienda de 1895 organizada por Martí, en Trinidad se gestaba también la nueva etapa de luchas, en medio de una situación aparentemente controlada por la presencia de poderosas fuerzas hispanas. En julio de 1895 se producen diversos alzamientos independentistas en el territorio. Las fuerzas insurrectas, bajo el mando de los Generales Juan Bravo y Lino Pérez, y el Teniente Coronel José Téllez, ponen en jaque a las fuerzas españolas acantonadas en la ciudad durante los años 1896 y 1897. En agosto de este último año, la propia ciudad es atacada.

Las acciones bélicas, a la par que contribuyen a la ruina de la ya maltrecha economía trinitaria, conducen inevitablemente a la derrota del poderío militar español. En febrero de 1898 los Estados Unidos intervienen en la guerra y en agosto se firma el armisticio mediante el cual España entrega sus posesiones en Cuba y Filipinas. Cuatro meses más tarde, el 3 de diciembre de 1898 las tropas españolas abandonan Trinidad, y entran a la ciudad por la calle llamada desde entonces Independencia, las fuerzas mambisas comandadas por Lino Pérez y Juan Bravo. Ya en el Ayuntamiento ondeaba la bandera norteamericana. Durante las últimas décadas del siglo XIX la presencia del capital norteamericano fue catalizadora de un proceso de concentración de la industria azucarera en el territorio. Los ingenios del Valle comenzaron a desaparecer y la bancarrota económica de los antiguos hacendados, acentuada por la guerra, los obligó a vender tierras y propiedades a muy bajos precios. La aparición de los latifundios cañeros y la construcción del Central Trinidad, que inició sus zafras en 1909, ponía definitivamente nuestra principal riqueza en manos foráneas.

La República mediatizada nacida el 20 de mayo de 1902 no trajo para Trinidad ningún cambio sustancial en la precaria situación. Los desgobiernos acentuaron la decadencia y la miseria, y el rejuego político por encima de los intereses elementales del pueblo constituyeron, como en toda Cuba, el telón de fondo de una ciudad en la cual, sin embargo, el apego de sus habitantes a la herencia de sus ancestros, contribuyó a conservar intactos los valores patrimoniales aún en medio de la mayor pobreza. El aislamiento del resto del país, pues las comunicaciones con la capital y otras ciudades se realizaba sólo por vía marítima, contribuyó aún más a convertir a Trinidad, durante las primeras décadas del siglo XX, en un refugio vedado a los aires renovadores procedentes del exterior que, sobre todo en el plano arquitectónico, barrieron con lo más autóctono en muchas ciudades cubanas, en especial aquellas que se beneficiaban con el paso de la carretera Central.

Pero no fue ese el principal factor que impidió la modernización de la ciudad, sino la pobreza económica –que no espiritual- de sus habitantes, que hizo de Trinidad una de las ciudades con mayor índice migratorio de Cuba durante esta etapa. En 1936 se inicia la construcción del sanatorio antituberculoso de Topes de Collantes y posteriormente se inician las obras para comunicar Trinidad con las ciudades más cercanas. Las carreteras a Sancti Spíritus (inaugurada en 1950) y a Cienfuegos (1952), garantizaron la comunicación de la ciudad por vía terrestre con el occidente y el oriente del país.

El sanatorio antituberculoso se inauguró en 1954, y Trinidad comienza a ser visitado frecuentemente por personas de todo el país. Muchos se percatan del inexplotado filón que podía convertir la ciudad en un centro de atracción turística sin parangón en todo el país, pues en ella se combinan factores que difícilmente se encuentran juntos en cualquier parte del mundo: clima paradisiaco; playas de finísimas arenas; montañas con atractivos geográficos y biológicos insospechados. y sobre todo, un legado histórico tan rico y cuidadosamente conservado, que el andar por sus calles de piedra se convierte para el visitante en un salto temporal que sobrepasa cualquier expectativa. Con estos objetivos, se amplía la capacidad hotelera del Motel Las Cuevas y se construye una pista de aterrizaje para aviones de pequeño porte.

Sin embargo, otras son las realidades que vive la mayoría del pueblo. La dictadura de Fulgencio Batista agrava la situación de los sectores más pobres y desata una feroz represión contra todo intento de oposición a su brutal régimen. A partir de 1953, después de los asaltos a los cuarteles Céspedes y Moncada en el oriente del país, algunos jóvenes trinitarios son detenidos y torturados. Letreros subversivos comienzan a aparecer con frecuencia en los vetustos muros de la ciudad y se implanta una férrea censura de prensa.

En octubre de 1957 se producen los primeros alzamientos armados de jóvenes trinitarios opuestos a la dictadura, lo cual incrementa el descontento y la oposición a la dictadura en amplios sectores de la población. A lo largo del año 1958 se producen nuevos alzamientos y se multiplican los sabotajes y los enfrentamientos de las fuerzas rebeldes contra las tropas del ejército, sobre todo a lo largo de las carreteras de acceso a la ciudad. En noviembre de 1958 fracasan estrepitosamente las elecciones fraudulentas que trataron de dar un viso de legalidad a la caótica situación enfrentada por el gobierno. Las acciones revolucionarias incomunican varias veces a Trinidad con el resto del país por vía terrestre.

El 28 de diciembre de 1958 comienza la ofensiva final de las tropas rebeldes del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, dirigidas por el Comandante Faure Chomont Mediavilla, que ocupan diversas posiciones claves como el aeropuerto y el Ayuntamiento. Dos días más tarde se rinde la Cárcel Real, último reducto del ejército de la dictadura. Con el triunfo de la Revolución se abren para Trinidad, al igual que para el resto del país, enormes posibilidades de desarrollo. Sin embargo, los precedentes en que se había desarrollado la lucha guerrillera en las montañas, que en determinados momentos había provocado fricciones entre los diversos grupos de combatientes que operaban en la zona, la equivocada creencia de que la población trinitaria no apoyaba firmemente la naciente Revolución, así como las propias características físico geográficas del municipio, hicieron creer a la contrarrevolución interna y externa que podían convertir a Trinidad en la plaza fuerte para poder desarrollar sus planes de abortar la definitiva y total independencia de los cubanos.

En una fecha tan cercana al triunfo revolucionario como agosto de 1959, las fuerzas del Ejército Rebelde con el apoyo de todo el pueblo trinitario, y dirigidos personalmente por el Comandante en Jefe Fidel Castro, aplastan la intentona de invasión contrarrevolucionaria organizada y financiada por el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo. En esta acción que se desarrolló en el aeropuerto de la ciudad, se les ocuparon a los invasores numerosas armas y pertrechos. A partir del ejercicio de una política digna y vertical en defensa de la soberanía nacional y de los genuinos intereses del pueblo por parte del Gobierno Revolucionario, el gobierno de los Estados Unidos de América comienza a desplegar una intensa campaña contra la Revolución cubana, que incluye la organización, el financiamiento y el suministro de armas a las bandas contrarrevolucionarias que comienzan a operar en las montañas de Trinidad y en otros puntos del país.

También se planeó una invasión directa al territorio con fuerzas mercenarias, que se conoció como Plan Trinidad, pues en su primera variante la invasión desembarcaría por un punto costero del municipio. La movilización de miles de milicianos y de combatientes del Ejército Rebelde hacia las montañas, en la operación de Lucha Contra Bandidos conocida como Limpia del Escambray, cuya comandancia fue establecida en Topes de Collantes, hizo desistir a la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) de ejecutar esta variante, y la invasión se produjo en abril de 1961 por Playa Girón, convirtiéndose en un sonado fracaso militar y político para las fuerzas contrarrevolucionarias y su protector, el gobierno de los EE.UU. Las montañas de Trinidad se convirtieron en el escenario en el cual llegaron a operar decenas de pequeñas bandas contrarrevolucionarias, autoras de decenas de sabotajes contra la economía y el asesinato de muchas personas simpatizantes de la Revolución. Símbolos de esta etapa de lucha son los maestros Manuel Ascunce y Conrado Benítez, el campesino Pedro Lantigua, el combatiente de la Seguridad del Estado Alberto Delgado, y el Comandante Manuel Pity Fajardo, que abonaron con su sangre generosa, al igual que muchos otros, el suelo trinitario.

Sólo a partir de erradicadas las bandas contrarrevolucionarias pudieron potenciarse los proyectos de desarrollo concebidos por el Gobierno Revolucionario para el territorio. Son construidos decenas de kilómetros de carreteras y caminos en las zonas rurales; surgen nuevas comunidades; se inauguran escuelas, hospitales, puestos médicos, tiendas del pueblo y otros elementos de la infraestructura económica y social que se diseminan por los lugares más apartados de las montañas trinitarias.

En 1976 se crean, al calor del proceso de institucionalización desarrollado en el país, los órganos locales del Poder Popular. Este proceso contribuyó a desarrollar todas las ramas económicas existentes, y surgen otras que aceleran la producción mercantil del municipio. Paralelamente comienza a ejecutarse una intensa y delicada labor de rescate y conservación del patrimonio cultural y arquitectónico de la ciudad. El paciente y abnegado trabajo de restauración es reconocido internacionalmente cuando en 1988 el centro histórico de Trinidad y el cercano Valle de los Ingenios son declarados por la Unesco: Patrimonio Cultural de la Humanidad. A toda prisa se inició la construcción de una infraestructura que permitiera responder a las exigencias de un turismo nacional e internacional cada vez más creciente. Lamentablemente, a partir de 1990 los efectos negativos del llamado período especial, se dejaron sentir en la pujante y creciente economía del territorio.

Disminuyó la producción mercantil y algunos sectores económicos entran en una forzosa inactividad, fundamentalmente por la carencia de materias primas de importación, así como el déficit de combustibles y piezas de repuesto. No obstante, la estrategia revolucionaria de potenciar al máximo el desarrollo de los sectores emergentes como forma de reanimar paulatinamente el resto de los sectores económicos, propició en Trinidad, sobre todo a partir de 1995, un auge sin precedentes de la actividad turística. Se construyen nuevas instalaciones dedicadas a tal fin y se propicia el desarrollo en esa dirección, llegando la ciudad a convertirse en un importante polo a nivel de país.

En 1998 fue creada por Decreto Ley del Consejo de Ministros la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad, entidad con personalidad jurídica propia subordinada al Consejo de la Administración Municipal, la cual, apoyándose en el financiamiento que le aportan las diversas cadenas turísticas y el resto de las empresas que radican en el territorio, lleva adelante un ambicioso plan de restauración y conservación de la ciudad y el Valle de los Ingenios. Trinidad vuelve a ser hoy, como antaño, una floreciente ciudad, orgullosa de las incalculables riquezas de su patrimonio tangible e intangible, que se abre al mundo en los umbrales del Tercer Milenio con la más absoluta confianza en el futuro.